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Français (Francés)
Desde aquel primer viaje en 1985 comenzó a tejerse un puente de memoria y afectos que aun hoy une San José con la tierra de nuestros mayores.
Por Rosa Maxit
He estado recordando estos días que, entre diciembre de 1985 y mediados de febrero de 1986, llegué a Francia por primera vez. Han pasado ya cuarenta años. Cuarenta años desde aquel viaje que, sin saberlo, cambiaría tantas cosas en mi vida.
Nunca había soñado con conocer el país galo. Como profesora de Lengua y Literatura, mi ilusión era España, y sobre todo Andalucía. Pero el rumbo cambió cuando nos reencontramos con los Maxit franceses que habían llegado a San José un año antes y con quienes manteníamos correspondencia desde 1981. Todo había comenzado cuando mi hermano —entonces estudiante de abogacía en Santa Fe— y un primo decidieron escribir a Seytroux, convencidos de que los Maxit provenían de allí. ¿Por qué Seytroux y no La Chapelle-d’Abondance? Porque siguieron el consejo de una tía Alba Maxit, que confundió el origen de su abuela Angélica Premat con el de su abuelo Julio Maxit. Así, casi por azar, comenzó esta historia.
Salí desde Buenos Aires. Pero al llegar a Montevideo, después de que subieran los pasajeros uruguayos, nos hicieron bajar a todos: problemas técnicos, el avión no podía continuar. Sentí que el corazón se me paralizaba. Era mi primer vuelo, viajaba sola y el miedo me atravesó entera. Finalmente retomamos el viaje y llegué a España. Fiel a mi viejo deseo de conocer algo en el camino, decidí ir en tren desde Madrid hasta Ginebra. Una decisión romántica… y un poco ingenua. Era pleno invierno: anochecía temprano, amanecía tarde, y casi no vi nada. Solo el Mediterráneo, fugaz, en algún tramo del recorrido. Recuerdo el cambio de tren en Barcelona y luego el cambio de trocha en la frontera. Del resto, apenas sombras.
Después de casi veinticuatro horas de viaje, llegué a Ginebra. Ingenuamente imaginé que Marie-France y Edmond Maxit me estarían esperando al pie del tren. No había nadie. Respiré hondo y me dije: “Tranquilízate”. Miré los carteles y leí “Sortir”. Entonces comprendí que había atravesado Francia y entrado en Suiza: debía hacer los trámites migratorios. Sin entender una sola palabra, hice sellar mi pasaporte. Y cuando me di vuelta, detrás de una puerta vidriada, allí estaban mis “primos franceses”. Todavía puedo sentir esa emoción.
Para quienes venimos de la llanura, la montaña impone respeto. Aunque me hicieron sentar adelante, las más de 400 curvas entre Thonon-les-Bains y Châtel fueron una verdadera prueba de valentía. Bajé del auto mareada, como si hubiera bebido, sin haber probado una gota.
Los primeros días no fueron sencillos. Más allá de la barrera del idioma, sentía sobre mí miradas inquisidoras. No de Marie-France ni de Edmond, sino de otros Maxit que parecían preguntarse qué hacía yo allí. Tal vez pensaban que venía a reclamar algo. Ellos desconocían la historia de la emigración; yo sabía que para cruzar el océano nuestros antepasados habían vendido lo poco que tenían.
Durante esos dos meses, con la nieve casi hasta el cuello, conocí a muchísimas personas. Me asombraba escuchar apellidos que eran idénticos a los nuestros: Brelaz, Crépy, Jacquet, Premat, Bordet, Berthet, Dutruel, Lugrin… Era como estar en San José, pero rodeada de montañas blancas. Y los Maxit, decenas y decenas. Como dijo alguien alguna vez: “En La Chapelle, levantas una piedra y aparece un Maxit”. Nunca me preocupé demasiado por precisar el parentesco: compartíamos el apellido y eso, para mí, era suficiente.
He perdido la cuenta de cuántas veces regresé a la Alta Saboya, siempre recibida en la casa de Marie-France y Edmond. Este próximo viaje será distinto: ellos ya no estarán, y esa ausencia duele.
En cada viaje sumé afectos y recuerdos. Del primero guardo con especial cariño al padre Georges Baud, que me enseñó Les Allobroges, y a André Bel. Después fueron tantos los nombres que sería imposible enumerarlos.
Al regresar a San José, tiempo después, fundé el Centro Saboyano. El objetivo era claro: recuperar el francés —la lengua de nuestros ancestros—, rescatar costumbres y tradiciones, y tender lazos de amistad con la tierra de origen. Así comenzaron las fondues, las raclettes, el berthoud y el vino caliente que cada 14 de julio compartimos en pleno invierno entrerriano. Una costumbre que terminó siendo de casi todo el pueblo.
Con los años, el intercambio epistolar y humano creció enormemente. Muchos viajaron hasta aquí, en grupos o solos; algunos se alojaron en mi casa, otros en la de amigos. La red de afectos se fue tejiendo con paciencia y emoción.
Y la vida siguió sorprendiéndome. Investigando mi árbol genealógico descubrí que mi tatarabuela Andreanne Peillex llegó en 1857 junto a su esposo José Maxit y sus hijos —Julio, mi bisabuelo, y Henriette—, pero también con su hermana Claudine Peillex. Claudine se casó aquí con Simon Pasquier; tuvieron hijos en la colonia, aunque más tarde regresaron a Francia, qui zá porque los comienzos fueron demasiado duros. Hace poco encontré a una descendiente de Simon y Claudine, Nathalie, quien resultó ser más cercana a mí que muchos de los Maxit que conocí en mis viajes. Fue un encuentro profundamente emocionante, para ambas.
Los recuerdos se agolpan, pero me detengo aquí. Volver en mayo de 2026 me permitirá conocer nuevos rostros y abrazar nuevas historias. También será tiempo de recordar —con gratitud y con dolor— a quienes ya no están, pero siguen viviendo en mi memoria y en este puente invisible que une San José con las montañas saboyanas.
Hoy, cuarenta años después, he comprendido que aquel viaje no fue una casualidad ni una aventura juvenil. Fue el comienzo de un reencuentro con mi propia sangre, con una historia que había cruzado el océano mucho antes que yo. Desde entonces, cada regreso, cada nombre descubierto, cada abrazo compartido me confirma lo mismo: las raíces no se pierden, esperan. Y cuando una las busca, florecen.
Rosa Haydée Maxit
Crédito de las fotos : Rosa Maxit
Crédito del texto : Rosa Maxit
